Si se revisan países con altas tasas de crecimiento económico, regímenes e instituciones democráticas robustas, escasos niveles de corrupción y elevados niveles de suficiencia de sus estudiantes en matemáticas y lectura, entre otras cosas, uno encuentra que existe un sólido sistema educacional por detrás. Corea del Sur en Asia, Finlandia en Europa, y Chile en América Latina son buenos ejemplos. Estos países invirtieron una proporción muy significativa de su PIB en educación durante las últimas décadas y los resultados pueden calificarse de sorprendentes. Los recursos se destinaron, en una primera etapa, a fortalecer la base de la pirámide educacional: los ciclos primario y secundario. Sobre esta base, los estudios superiores se llevan a cabo con un mejor acervo de conocimientos que permite desarrollar carreras relacionadas con la aplicación de elementos científicos y tecnológicos que contribuyen al desarrollo económico y, con ello, a la calidad de vida de la propia sociedad.
Se menciona lo anterior para contrastar la situación educacional mexicana. Para empezar, y pese a que el Estado invierte una cantidad nada despreciable de su PIB (alrededor de 7 por ciento), el destino de los recursos que eroga el Estado no se asocian con un buen desempeño estudiantil ni con los rasgos mencionados al principio de estas líneas. En cualquier evaluación que se haga, por ejemplo entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), de la que nuestro país forma parte, los estudiantes mexicanos suelen ocupar el último lugar. No importa si se trata de un examen de aritmética, de geografía o de lectura: el resultado es invariable. La explicación al respecto es sencilla: los cuantiosos recursos que se invierten en la educación no tienen como resultado una mejoría en el desempeño estudiantil. Son recursos mal administrados y, en ocasiones, su destino no es el indicado.
Si México no define una política prioritaria para el mejoramiento de la calidad de su sistema educativo, sobra decir que está condenado al rezago económico, a la pérdida gradual de competitividad y, sobre todo, a la inviabilidad como nación. No es fortuito que, al considerar la región latinoamericana, nuestro país tenga uno de los crecimientos más bajos, por debajo incluso de algunos países centroamericanos. La corrupción dentro del sistema educativo nacional es tan alta que los recursos de los que se disponen no elevan la calidad educacional. En contraste, es observable que sí contribuyen de manera significativa al bienestar de los dirigentes del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE).
El gobierno federal se ha propuesto impulsar una alianza por la calidad educativa. Su proposición implica el reconocimiento de niveles educacionales deficientes. Es necesario, por tanto, redefinir reglas, formas y mecanismos que se aplican para fortalecer la formación de los futuros profesionales. El problema es que para lograrlo tiene que aliarse con el SNTE. Este sindicato magisterial es uno de los principales obstáculos para el desarrollo educacional mexicano. La cúpula de esa agrupación tiene fines políticos y de lucro pero ningún objetivo para mejorar la educación.
La calidad educativa depende fundamentalmente de que haya buenos maestros. Sin embargo, una evaluación reciente arrojó la desastrosa cifra de que solo un tercio de los maestros, encargados de preparar a los niños y jóvenes, aprobó el examen. Se necesitan profesores bien pagados y un escalafón cuya base fundamental sea el mérito, no el compadrazgo como mecanismo de ascenso profesional. La selección de maestros tiene que ser rigurosa y la formación de ellos igual. El éxito de muchos países depende de una buena enseñanza, de la que carecemos.
La calidad educativa se hunde estrepitosamente cuando depende de la compra y venta de plazas. Éstas no son mercaderías; son profesiones estratégicas de las que depende el futuro del país. En tanto no se corrija a fondo este problema, la educación no resolverá la multitud de carencias del país; por el contrario, las agravará. Si en efecto se quiere llevar a cabo una mejora de la calidad educacional nacional es importante considerar que el sindicato magisterial de este país tiene que empezar a desarticularse para darle paso a formas más modernas de organización y de aprendizaje, tanto de alumnos como de maestros. En tanto que el SNTE siga siendo una pieza central del sistema educativo mexicano, ninguna alianza servirá. El movimiento de maestros de Morelos, aunque está en contra de la dirigencia del SNTE, pretende perpetuar usos y costumbres cuya esencia es la corrupción. Si en verdad México quiere transitar a niveles superiores de desarrollo, el gobierno tiene que dejar de ser rehén de un grupúsculo de dirigentes sindicales que dejan mucho que desear: son un obstáculo para el desarrollo del país.